Entre farolillos, calor y risas, hay algo que nunca falta en la feria andaluza (y no es lo que crees).
Hay un momento en todas las ferias andaluzas en el que el cuerpo deja de quejarse del calor y se rinde. Suele coincidir con el segundo sorbo de algo frío, una sevillana que suena de fondo y ese instante en que alguien desliza un plato al centro de la mesa. No es protagonista, no pide atención, no tiene nombre en la conversación. Pero ahí está. Y desaparece antes de que te des cuenta.








































